#Cartelera ROMA: el cine de masas que no lo es
Desde su formato de exhibición, que funciona bien en la pantalla grande, hasta en un dispositivo portátil, hasta su narrativa poco comercial, pasando por las puntadas nostálgicas del guion y el reflejo que hace sobre nuestra propia sociedad y nuestros hábitos cotidianos, Roma es la película más controversial del año.

Por J. Rolando Solano*
El año pasado, a finales de octubre, el director Alfonso Cuarón visitó las
instalaciones de su alma máter, el Centro Universitario de Estudios
Cinematográficos de la UNAM, para charlar con los estudiantes sobre su más
reciente película, Roma. En la
subsecuente entrevista a El País, Cuarón dijo: “El cine se ha ahuevonado, se ha
aletargado en el sentido de convertirse en una herramienta narrativa. La
narrativa debe ser una herramienta del cine. Admiro la narrativa, pero el cine
contemporáneo mainstream son
películas que puedes ver con los ojos cerrados. Llegas, compras las palomitas,
te sientas en tu asiento y cuando apagan la luz cierras los ojos. Cuando acaba
la película y abres los ojos, no te perdiste de nada. Todo te lo contaron […] La experiencia fílmica es donde debes tener
los ojos bien abiertos y, si es sonora, tener los oídos muy presentes. Rendirte
al lenguaje fílmico. Ese es el cine que a mí me interesa”.
Si bien también utilizó el término “literatura para huevones”, que no
discutiré aquí, este argumento nos permite entender qué es Roma y cómo fue concebida.
Desde su formato de exhibición, que funciona bien en la pantalla grande,
hasta en un dispositivo portátil, hasta su narrativa poco comercial, pasando por las puntadas
nostálgicas del guion y el reflejo que hace sobre nuestra propia sociedad y
nuestros hábitos cotidianos, Roma es
la película más controversial del año.
La historia de una familia de clase media venida a menos, contada desde los
ojos de Cleo, la empleada doméstica, no es para todos los públicos. Y está bien
que sea así. No estamos ante una película palomera, con finales felices. Tampoco
ante la comedia insípida que últimamente pulula las producciones mexicanas
(pareciera que es el único género comercial que se nos da). Esto es cine de
arte, que gracias al hype y las redes
sociales se ha catapultado a una categoría que no le correspondía: al cine de
masas.

Si bien es un tipo de cine de masas porque HABLA DE LAS MASAS, y nos
reconocemos en sus pasajes, en las calles retratadas, en las costumbres
mexicanas arraigadas, en el lenguaje, y, sobre todo, en la distinción de clases
sociales y el racismo que nadie acepta pero que existe, no es el cine masivo de
la diversión y evasión, como podría ser Aquaman
o El Grinch. Es un cine duro, directo,
que busca el conflicto y el diálogo.
Una premisa simple sirve de vehículo para conocer el caleidoscopio que es la
sociedad mexicana de los setenta. La película sigue dos tramas pequeñas, sin
complicaciones, sin giros artificiosos: la debacle de la familia titular, que
arranca con la separación de los padres, que es más bien la trama de fondo, y
la historia de Cleo, que parte de la realidad de millones de mexicanas. No abundaré
en detalles para evitar el spoiler.
Lo que es interesante, es cómo se aprovecha la imagen y el sonido no para
contar la historia, sino contar “alrededor” de ella. Es decir, si bien los diálogos
y las acciones nos narran la trama, es la cámara y el audio la que le da
contexto, nos sumerge en ese mundo minuciosamente construido: desde las calles
atestadas de la Ciudad de México, hasta la intimidad del cuarto donde las
empleadas duermen y se ejercitan.
Siendo ya un sello distintivo del director, el uso extensivo de los plano –
secuencias está al servicio de la historia como nunca: sin bien existen desde
sus películas más tempranas (en Harry
Potter con esos travellings imposibles, en Niños del Hombre con el realismo y la cámara en mano del cine
bélico y en Gravity con movimientos
suaves y poéticos, pero la cámara libre flotando en el espacio), es en Roma que reduce el movimiento en su
mínima expresión: paneos lentos y estables sobre un eje que no se mueve, o travellings vertiginosos sin giros
extraños, nos habla de un lenguaje audiovisual contenido, natural, como lo es
Cleo.
El sonido, por otro lado, más que buscar el protagonismo, está ahí para
generar la atmósfera: desde el vendedor de camotes, el afilador, hasta la
masacre de Corpus Christi, complementa una mezcla perfecta. Aprovecha todos los
canales que tiene a su disposición para crear un audio de 360°, si bien la sala
donde la vi tenía problemas con los sonidos más alejados de la pantalla. No
necesita música que nos diga qué sentir. Es, como la vida, una sucesión de
escenas con sonido ambiental.
En términos de composición, cada plano se construye como una fotografía
estática, pero con movimiento. La secuencia del entrenamiento protagonizada por
un bien caracterizado Latin Lover, es poesía, al igual que la primera toma del
filme.

Roma es una película controversial. En una época en la que estamos
hipersensibilizados para lo políticamente correcto, e insensibilizados para el
dolor de los demás, pone el dedo en la llaga sobre una situación en la que
todos coexistimos. Abre el debate y la conversación. Y de eso es precisamente
de lo que trata el arte.
*J. Rolando Solano es audiovisual, creador de contenidos de comunicación institucional y marketing y docente universitario.
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