Frankenstein: la quintaesencia de Guillermo del Toro
Por J. Rolando Solano
Guillermo del Toro es una criatura sorprendente: con cada película que crea, con cada visión que consolida, se solidifica y se hace más presente su estilo narrativo, sus arquetipos visuales y, en general, se refina su esencia. Yo creí que con La Forma del Agua (2017), se había logrado esa cúspide. Estaba equivocado.
Es definitivamente una lástima que tengamos que conformarnos con ver esta película en Netflix (una tendencia cada vez más común y contemporánea), o en las limitadísimas y pobres experiencias en cines de segunda o foros sumamente especializados. Está diseñada para verse en la gran pantalla, con un sistema de sonido Dolby ATMOS. Sencillamente no puedo imaginar está película desde un teléfono móvil.
Del Toro toma una de sus historias favoritas de la infancia, uno de esos pilares sobre los que descansa su amor por los monstruos incomprendidos, y la reinterpreta en un relato que, paradójicamente, se separa y se alinea con el original a partes iguales. Si bien la narrativa es casi la misma, los valores, la filosofía y los mensajes son enriquecidos y actualizados al mundo moderno.
La historia de construye mediante el recurso del relato dentro del relato, con un herido sobreviviente del Ártico, que le cuenta a un viejo capitán la historia de su vida.
Víctor Frankenstein, un médico con delirios de grandeza que quiere jugar a ser Dios, literalmente construye una criatura que nace de la muerte: el monstruo está formado por partes de otros cuerpos (una tradición que nació más en las adaptaciones cinematográficas), y a la que se le da vida a través de un rayo canalizado a su cuerpo (otra licencia cinematográfica).
La principal novedad narrativa es que la película se divide en dos actos: la historia del científico; y la historia de la criatura. Ambas partes tienen ritmos, paletas de color y diseño de producción diferentes, que reflejan la visión de cada personaje.
Sorprende (y no tanto), la creación de un mundo que oscila entre lo gótico (con remembranzas a La Cumbre Escarlata, 2015), y el Steampunk, que ya habíamos visto en obras como Pobres Criaturas, pero con el estilo de cuento de hadas del tapatío, un relato grandilocuente y tremendamente emocional.
La historia de Víctor, dominada por los verdes y sobre todo el rojo (una decisión audaz), la locura, la pasión y la obsesión; y la historia de la criatura, con sus azules y grises, que reflejan la tristeza y la soledad de su protagonista.
Esta historia, de por sí ya estilizada al extremo, sufre una última revisión gracias al ya incondicional de Guillermo, el compositor Alexandre Desplat, que construye una partitura que evoca la locura y extrañeza del relato, pero resalta la humanidad de la Criatura.
Oscar Isaacs, Mia Goth, Christoph Waltz, Felix Kammerer y el siempre genial Charles Dance (Tywin Lannister para los cuates) cumplen, con Isaacs destacando con una poderosa interpretación. Pero quien son duda se lleva todas las palmas es el gran Jacob Elordi, que se roba la cámara en cada ocasión en donde está presente como el monstruo, la abominación. Del Toro nos tiene acostumbrados a sentir empatía por las criaturas extrañas y monstruosas, y creo que aquí ese rasgo brilla por encima de todos.
Frankenstein de Guillermo del Toro podría ser su película más ambiciosa, más grandilocuente y portentosa ¿Es la mejor de su filmografía? Eso se lo dejo al lector. Pero lo que no cabe duda es que es la quintaesencia del director mexicano.
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