Godzilla, de regreso a Japón donde pertenece
Por J. Rolando Solano
Después de Shin Godzilla (2016), en donde Hideaki Anno hizo al Kaiju una especie de criatura de Neon Genesis Evangelion, y haber visto lo que Legendary le hizo a nuestro monstruo favorito (crear un universo a lo Marvel), es turno de Takashi Yamazaki, que regresa a Godzilla a sus orígenes de la posguerra y la metáfora del invierno nuclear.
En una mezcla muy ingeniosa de Jaws (1975), Shin Godzilla y hasta Dunkirk (2017), asistimos a una historia de origen en donde la acción se sitúa entre 1945 y 1947, y los fantasmas de la Segunda Guerra Mundial sirven de transfondo para la devastación del monstruo.
Y es que mientras que Shin Godzilla presentaba a los humanos como un bloque burócrata representando a la humanidad, aquí tenemos una historia muy humana de trauma, aceptación y finalmente redención. Con un grupo de personajes de soporte que son el alma y corazón de la historia, y un drama que nos hace preocuparnos por los humanos, Godzilla no es un antihéroe, sino una verdadera fuerza de destrucción comparable con la bomba atómica.
Con un presupuesto de $15 M, el filme brilla en todos los aspectos: un hermoso diseño de producción, un score musical nostálgico, actuaciones sólidas y unos efectos visuales que son mejores que todo los que ha usado Marvel Studios últimamente.
Es, sin lugar a dudas, la mejor película de Godzilla que he visto, punto.
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